Cultura en unos y ceros

Primer trimestre de dos mil veintiuno: esta distopía no tiene fin. Las industrias culturales y creativas intentan adaptarse a la “nueva” situación sanitaria; o quizás es más realista decir que hacen malabares para sobrevivir a un desastre de larga duración.  Doce meses de travesía por el desierto, luchando por recuperar a un público que aún no llega, mientras esa gran caravana formada por los trabajadores, empresas e instituciones de la cultura pierde efectivos. Cadáveres que no han podido aguantar la sequía pandémica. Y lo que queda.

En este contexto tan duro resulta indispensable buscar formatos digitales que permitan, por un lado, llevar los contenidos culturales más allá de las salas de exhibición, y por otro mantener o mejorar procesos creativos. De esta forma, espectáculos de todo tipo – así como exposiciones, debates, charlas, sesiones formativas etc. - han comenzado a hablar el lenguaje binario formado por unos y ceros para viajar más allá de su realidad analógica. La gran incógnita es si las nuevas formas de disfrute cultural se extinguirán junto con el virus, o si por el contrario, han venido para quedarse.

Numerosas son las vías empleadas para acceder a la tierra prometida de “lo digital”, muy poco explorada por la inmensa mayoría del sector. Desde luego el atractivo es importante: una vasta tierra de fácil acceso y lista para ser colonizada.  En el horizonte modelos de éxito basados en el streaming on demand (transmisión de contenidos bajo demanda) y el livestreaming (transmisión de contenidos en directo), a los que dedicaremos la mayor parte de este artículo. 

Pero también hay que tener en cuenta que no todas las manifestaciones culturales encajan dentro de los formatos de streaming.  Se están desarrollando proyectos que buscan otros caminos para llevar cultura al ciberespacio. Lo interesante radica en que se trata de creaciones pensadas únicamente para su exhibición en digital y que en su desarrollo dejan de lado lo que tiene que ver con el espacio físico. Como alumno aventajado en estas lides: la Fundación Juan March, de la que destacamos dos de sus propuestas:

  • “El Caso Mondrian”, una exposición exclusiva para formato digital. Sin duda un avance con respecto a las manidas visitas virtuales que proponen otros museos.

 

  • “Debates Insólitos”: una serie de podcast donde, a través de quirúrgicos procesos de edición de audio, se consigue que distintas personalidades que nunca estuvieron juntos en la misma habitación charlen sobre temas de actualidad. Esto permite que escuchemos por ejemplo a Juan Tamariz debatiendo con un premio Nobel, o a Ronald Reagan con José Luis Sampedro. Una forma brillante de dar vida al ingente archivo sonoro que posee la institución.

 

EL STREAMING

Centrándonos ya en el uso masivo del streaming para transmitir contenido cultural (para lo que, en aras de no extendernos demasiado, escribiremos sobre todo sobre la industria musical), podemos distinguir:

Streaming on demand:

En este bloque se encuentran las exitosas plataformas de TV global - como NETFLIX o HBO-. También las musicales Amazon Music o Spotify. En este último caso está por ver si se trata de una industria realmente rentable. Para interesados en la materia, Mario Escribano profundizaba en un reciente artículo acerca de las dudas que ensombrecen el funcionamiento de la multiplataforma de streaming sueco-estadounidense Spotify. 

Hay que tener en cuenta que hablamos de formatos que requieren una inversión que no está al alcance de todos los bolsillos, no solo por el coste de la tecnología requerida, sino también  por la necesidad de gastar mucho dinero en publicidad para llegar a gran número de usuarios (que es clave, habida cuenta de los bajos precios de venta); es básico  poseer una estructura financiera potente para tener “las espaldas cubiertas” ante las más que previsibles pérdidas iniciales.

                Una propuesta de streaming on demand que se sale de lo habitual es “Escenario 0”, disponible en HBO. Surgida como consecuencia de la pandemia, ofrece teatro por televisión reuniendo equipos del mundo de las tablas y del cine. Se trata de poner en el centro de la propuesta el tipo de dispositivo –la pantalla- en el que se visionará el contenido, para convertir la obra final en un interesante híbrido “cine-teatral” que tenga el ritmo visual necesario para disfrutarla desde casa. 

Livestreaming:

Para la música y las artes escénicas la manera más rápida de dar el salto al mundo digital ha sido el livestreaming.  No cabe duda de que se trata de un mercado en franco crecimiento.  El medio industriamusical.es nos ofrece algunos datos basados en un informe de Bandsintown: de mediados de marzo a mediados de diciembre del 2020 se produjeron 60.905 livestreaming, de casi 20.000 artistas, y el promedio acabó siendo de 183 diarios. Más de la mitad fueron de pago. Los grandes empiezan a mover ficha y Live Nation acaba de adquirir una participación en la plataforma Veeps, dedicada al  livestreaming.  El omnipresente Spotify (al menos en este texto) también ha adelantado que entrará en el negocio. Ahora bien, ¿Serán capaces los creadores de monetizar sus conciertos online o nos encontramos ante otro modelo precario? Ofrecemos algunas pistas:

Sin duda, aquellos que no somos nativos digitales, estamos dispuestos a pagar bastante menos por un livestreaming que por acudir físicamente a un concierto. Esto es bastante relevante teniendo en cuenta que este sector poblacional representa el 61% de los asistentes a los festivales de música en España.[1]  Además, están los evidentes problemas del sistema para imitar la experiencia de acudir físicamente a escuchar música. 

En líneas generales la sensación es que estos nuevos formatos arrastran a consumidores y creadores hacia lo que la economía neoclásica define como mercado de competencia perfecta, en el que los beneficios del ofertante tienden a 0. Este modelo, que en tiempos se estudiaba como una simulación cuyas características tenían escasa correspondencia con el mundo real, presenta inquietantes parecidos con lo que ocurre en el siglo XXI en el negocio del livestreaming:

 

  • Muchos actores compiten en el mercado: cuando tus potenciales clientes no tienen que moverse de su casa para ver tu espectáculo, pasas a medirte con casi cualquiera que tenga un wifi a mano y algo que contar. Ya hemos señalado que el promedio de espectáculos musicales diarios en streaming es de más de 100 - y es solo la punta del iceberg, esos datos excluyen de su medición numerosas transmisiones de artistas que están fuera de los circuitos principales-. Solo durante la pasada Nochevieja, desde casas de todo el planeta se podía acceder a unas 15 propuestas de música en vivo que incluían superventas como Dua Lipa, David Guetta, Jean-Michel Jarre o Patti Smith. Algunas de ellas eran gratuitas. Las opciones de fijar un precio justo para la audiencia en estas condiciones son improbables, a no ser que seas una gran figura.

 

  •  Libertad de entrada y salida: realmente no es cierto que solo con un wifi pueda emitirse un espectáculo a través de internet. Es necesario un mínimo equipo audiovisual para que el consumidor reciba sonido e imagen decentes. Pero sí lo es que, tras el boom propiciado por el confinamiento, la nueva fiebre del oro ha llevado a la mayor parte de las empresas de audiovisuales existentes a ofrecer este servicio a sus potenciales clientes a un coste cada vez menor. También se está viviendo una fuerte llegada de nuevas compañías, sumada a las facilidades que ofrecen redes sociales masivas como Youtube, Instagram o Facebook para hacer “un live” con casi nadaGreg Patterson, ex director del área musical de Eventbrite - una potente web de gestión eventos y venta de entradas con sede en Estados Unidos- confesaba recientemente al medio digital dot.LA: “parece que cada treinta segundos surge una nueva empresa dispuesta a dar servicio de livestreaming para eventos”.

 

  • Información y transparencia total para el consumidor: derivada del uso masivo de internet como herramienta de información global. En varios clics de ratón se tiene acceso a la totalidad de conciertos y espectáculos que se van celebrar en cualquier momento y ciudad, con cientos de webs que funcionan como guías del ocio y línea directa con las páginas y redes sociales de grupos o salas favoritos. Información completa sin salir de casa, amén de una reducción brutal del tiempo de búsqueda, sobre todo si se gestionan bien las alertas de redes y noticias.

 

  • Homogeneidad de la oferta: el modelo de competencia perfecta solía explicarse poniendo como referencia un mercado de naranjas, para dejar clara la igualdad del producto a comprar. Es evidente que cuando hablamos de espectáculos musicales ofrecidos por livestreaming no podemos decir que sean homogéneos al cien por cien, pero tampoco debemos desdeñar las similitudes para quien tiene que elegir entre ellos desde su hogar. Una prueba de que la escasa diferenciación en la oferta es claramente percibida por los agentes participantes, es que están lanzados a la carrera para diseñar contenidos que se salgan de lo habitual y aporten valor añadido a lo que “todo el mundo hace”. De este modo, se busca destacar a través de conciertos con elaborados fondos virtuales, o creando avatares digitales de cantantes y músicos; ofreciendo encuentros previos con fans, o interactuando con ellos, pantalla mediante, durante el show.

 

ALGUNAS CONCLUSIONES         

                Es pronto para aventurarse, pero, por todo lo expuesto, podríamos afirmar que los nuevos modelos de exhibición de contenidos culturales a través de internet no serían tan lucrativos para creadores u organizadores de espectáculos como cabría desear, habida cuenta de las características del medio.  Aun así hay que continuar explorando y aprovechar sus ventajas, sobre todo buscando sistemas mixtos: el streaming puede funcionar como complemento a la tradicional puesta en escena física. Si un teatro tiene quinientas butacas, reducidas en un cincuenta o sesenta por ciento por las limitaciones imperantes por la COVID, ¿por qué no ofrecer entradas más baratas a quien quiera ver el espectáculo desde su móvil u ordenador? Es una fórmula que aplican ya algunas salas y promotores durante la pandemia y que debería seguir funcionando cuando termine la misma.  Excelente camino para ampliar aforos sin gasto elevado.

                Si pretendemos que el paso a lo digital sea innovador, este elemento debe ocupar una posición central en el proyecto. Hemos visto varios ejemplos a lo largo del texto que nos señalan el camino a seguir. La clave está en situar en una posición principal procesos hasta ahora subsidiarios, como la digitalización, o la edición de audio y vídeo, para generar nuevos contenidos que se adapten a lo que requiere el dispositivo electrónico de visionado final. También ha llegado la hora de sacar partido a los archivos de imagen y sonido que muchos agentes culturales atesoran.

                Para terminar, nos parece vital aprovechar este cambio de paradigma que estamos viviendo. Lo digital puede ser una herramienta fundamental para organizar las políticas culturales del futuro, tras la COVID19. Desde TRANSIT PROJECT afirman que éstas pasarán por dignificar las condiciones de trabajo del sector, encontrar un equilibrio adecuado entre la inversión en infraestructuras, procesos y actividades, establecer mayor relación con los públicos y buscar más mecanismos de información y análisis. Objetivos inmejorables para dotar de sentido a la incipiente cultura en unos y ceros.


 

[1] Dato del año 2018  extraído del informe Oh Holy Festivals, del Observatorio de Patrocinio de Marcas de Festivales.

 

César Martín Martín – Enero y Febrero de 2021.

Gestor cultural. MBA en Empresas e Instituciones Culturales. Co-director del Festival DEMANDAFOLK.

Si te ha parecido interesante el artículo y quieres profundizar más en el tema, échale un ojo a la mesa redonda del día 1 de marzo sobre "Nuevas formas de exhibición de contenidos culturales".

Además, recuerda que el próximo 4 de marzo celebraremos una sesión de formación a cargo de Antonio Cañas Rojas, consultor especializado en sostenibilidad y economía circular en el sector cultural, con el título: "Eventos culturales en la era COVID: sostenibilidad y digitalización"

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Cuando el sol se marche

¿Qué pasará con los espectáculos en vivo cuando solo puedan realizarse en recintos cerrados? 

Durante la primavera de 2020 no se realizaron espectáculos con público en España. Da vértigo expresarlo por escrito. Con la llegada del verano y la nueva normalidad sí hemos disfrutado de artes escénicas y música, sobre todo en exterior, bajo estrictas medidas de seguridad para evitar la expansión y contagio del coronavirus. 

Un verano con poco movimiento.

Encomendándose al buen tiempo, huevos a las Clarisas mediante, ayuntamientos y promotores han conseguido ofrecer programación, aunque a costa de modificar formatos o disminuir aforos. La buena noticia: el público ha respondido a la llamada acudiendo de forma masiva. Pero no nos engañemos, el descenso de la oferta cultural desde junio a septiembre ha sido histórico. Algunas citas se han mantenido gracias al encomiable esfuerzo de organizadores públicos o privados, pero de manera simbólica. Además, a partir de la segunda quincena de agosto, con el repunte del virus y el endurecimiento de medidas para frenarlo, las cancelaciones “de un día para otro” se han acumulado. 

Aún llegan escasos datos de la debacle, pero los que publica Live Nation Entertainment, la promotora de conciertos más importante del mundo y que opera regularmente en España, nos provocan temblores: sus ingresos han descendido un 95%, comparando el segundo cuatrimestre del 2020 con respecto al mismo periodo del 2019. Un panorama desolador

Lo que nos cuentan los músicos confirma lo expuesto: Roberto, uno de Los Hermanos Cubero, asegura que, frente al ajetreo constante de otros veranos, este año ha desenfundado su mandolina sólo dos veces. Una de ellas para tocar en un espacio cubierto, en Barcelona, donde estuvieron amenazados de suspensión hasta pocas horas antes de subir a escenario. Igualmente, muchos festivales de empresas o asociaciones privadas (un elevado porcentaje de los que tienen lugar en la temporada) cerraron sus puertas. Nombres que resuenan en la cabeza de cualquier festivalero lo han dejado para 2021: Sonorama, Mad Cool, BBK Live, Rototom Sun Splash, Low Festival y un largo etc. 

El mundo del teatro tampoco presume de buena marcha y las cifras son igualmente alarmantes. Jesús Cimarro, Director del Festival de Teatro Clásico de Mérida y presidente de la Federación Estatal de Empresarios de Teatro y Danza, asegura en una entrevista con el medio VOZPÓPULI que las pérdidas ocasionadas al sector teatral por la pandemia superan los doscientos millones de euros. No podía ser de otra manera cuando los espacios teatrales cerraron en marzo y no han vuelto a abrir hasta septiembre. La compañía aragonesa Teatro Che y Moche nos da una idea del escaso bagaje de los artistas de las tablas en la época estival: una actuación en dos meses. El balón de oxígeno lo han proporcionado los festivales de iniciativa y presupuesto públicos. Así Almagro o Mérida, por ejemplo, han conseguido mantenerse; con menos actividad de la prevista en un principio, reducción de asientos y prescindiendo de compañías internacionales, pero sobreviviendo.

La disminución de programación también ha afectado a la danza. El calor no es, tradicionalmente, el mejor aliado de arabesques o demi-plies. Exceptuando el Festival Internacional de Música y Danza de Granada, no es temporada de grandes eventos y como nos indica María Antonia Torrejón, fundadora de MATEL Servicios Culturales, “la danza  suele ser la gran olvidada en las parrillas más generalistas del verano, que ofrecen música, teatro, o circo, antes que este género. Este año no ha sido una excepción”.

Terribles tiempos también para las empresas y autónomos que dan servicio técnico y logístico a todos estos actos: ERTES masivos para las primeras, que están evitando cierres - por el momento- y mucha angustia en los segundos, que sufren como su facturación sigue a cero durante demasiados meses. Esta agónica situación ha provocado varias llamadas de auxilio por parte de este capital humano indispensable para la cristalización de la cultura, y la plataforma MUTE (Movilización Unida de Trabajadores y Trabajadoras del Mundo del Espectáculo) ha convocado movilizaciones en todo el territorio nacional para el 17 de septiembre. 

En resumen, los profesionales dedicados a espectáculos en vivo transitan por un desierto desde hace ya seis meses, que se dice pronto. Con algún oasis por el camino, pero desierto al fin y al cabo. 

La inseguridad.

¿Qué ocurrirá en otoño, cuando el sol se marche y no se pueda actuar al aire libre? Limitados a espacios cerrados,  ¿conseguirá el sector recuperarse, o veremos cómo los “bolos” van cayendo, igual que hojas caducas de árboles? 

Desgraciadamente, parece que la incertidumbre será la tónica dominante. Una inseguridad que ha ocasionado, entre otras cosas, que los plazos de contratación estén cambiando. Son pocos los que cierran fechas con la antelación de antaño y hacerlo es tirar una moneda al aire: llegado el momento, ¿habrá actuación? Con la llegada del coronavirus se vive más al día que nunca. Rubén de Miguel, gestor cultural y trabajador de la empresa Producciones Salas, nos decía a mediados de agosto: “no hago planes para mucho más allá de dos semanas, porque nadie sabe lo que va a pasar. Tenemos tres cosas en septiembre y octubre queda muy lejos todavía. Si me preguntas sobre el otoño completo, mi impresión es negativa, todo apunta que la situación será mala hasta 2021, pero me da miedo mojarme”. 

Por desgracia, nada hace presagiar que en el futuro esa incertidumbre no se traduzca en suspensiones de última hora, como hasta el momento. Parece que nos seguiremos enfrentando a  medidas cambiantes cada quince o veinte días, confinamientos exprés de ciudades y pueblos, prohibiciones sobrevenidas… Las cláusulas de cancelación en los contratos tendrán -tienen ya- más relevancia que nunca y será necesario un minucioso conocimiento de la legislación, así como tener claros los procedimientos a seguir para estar en regla, o la incidencia de derechos de autor en formatos como el streaming. Y cuando las cosas se ponen así de feas, ya se sabe: Better Call Saul. O, si son más de  Robert de Niro: abogaaaadoooo, abogaaadoooo. Imprescindible contar con asesoramiento legal para  lo que nos viene encima.

Una oferta de espectáculos disminuida.

Parece lógico pensar que la oferta de espectáculos en vivo, en los meses fríos que quedan de 2020, será menor que en años previos. Mientras no puedan llenarse los recintos por exigencia legal, los promotores privados que necesitan obtener rentabilidad económica se van a arriesgar menos. Simplemente no salen las cuentas. Por la misma razón, tampoco demasiadas  compañías o artistas, estarían  dispuestos a confiar en la taquilla. Solo hay que observar  los planes de alguno de los  musicales famosos para entender el argumento: El Rey León, en la Gran Vía de Madrid, ofrece sus primeras entradas para diciembre  y  si queremos asistir al estreno de Billy Elliot en Barcelona, tendremos que esperar finalmente a 2021.

Óscar Manuel Martínez, responsable del Área de Cultura e Innovación Educativa de la Fundación Caja de Burgos, es claro a este respecto: si el virus no permite que las medidas de distanciamiento de público se relajen en Castilla y León y aumenten los aforos, será difícil que la institución burgalesa mantenga su programación completa en otoño. Con tan pocos asistentes a los recintos, y aún teniendo en cuenta que realizan gran parte de su actividad a pérdidas, no recuperarían en taquilla lo necesario para mantenerse dentro del presupuesto máximo de gasto del que disponen. Aprovecha también para lanzar una queja que resuena entre los profesionales del gremio: “lo que me parece mal, es que solo a la cultura se le exijan medidas drásticas de distanciamiento contra la COVID19. Si es lo que la emergencia sanitaria pide, se debería ser igual de estricto en otras áreas. ¿Por qué en trenes, autobuses, o aviones, no se siguen los mismos criterios?”. 

Raquel Anadón, responsable de programación y socia fundadora del Teatro de las Esquinas, que con quinientas butacas es el segundo de mayor aforo de la ciudad de Zaragoza, no es tan pesimista. Su calendario está  ya cerrado al completo desde septiembre a diciembre y, prácticamente, con el mismo número de actividades que en 2019. Esto teniendo en cuenta que la política del teatro no es pagar cachés completos, sino ofrecer un porcentaje de la venta de entradas. “Las compañías y los artistas tienen muchas ganas de trabajar y la respuesta ha sido muy positiva. Hemos recolocado casi todos los espectáculos que suspendimos en primavera. Eso sí, estamos haciendo cuentas de que podemos llenar la sala a la mitad, si legalmente nos limitan más el número de personas que puede acceder, tendremos problemas.”

En Madrid,  la Fundación Juan March lucha por mantener su programación de música y conferencias aunque consultando en su web, es evidente que habrá una reducción de actos. Para suavizar la pérdida de contenidos, se apoyarán seguro en el streaming y otros formatos de vídeo –están a la vanguardia en España, llevan años ofreciendo sus conciertos y charlas online con excelente calidad -. 

El sufrimiento será general con la lluvia y el viento, pero quizás el sector musical será uno de los más afectados. Por un lado, es el género que más se programa y en números absolutos lo notará más. Por otro, dependen en gran medida de las salas de música en directo, un circuito con el que ahora mismo no se puede contar, porque  la normativa las está asimilando, de forma poco acertada, a discotecas. No solo eso, día tras día siguen viniéndose abajo encuentros multitudinarios: algunos como Palencia Sonora, Festival de Les Arts o Festival de Música Antigua de Sevilla, habían retrasado su celebración a octubre y finalmente desisten. Otros como Irish Fleadh o Babieca Folk,  clásicos del folk otoñal, ya han anunciado que no se celebrarán. 

Roberto Cubero nos explica con resignación que suelen tener cerca de quince conciertos cuando maduran las castañas, pero ahora solo prevén tocar tres o cuatro veces antes del invierno. “Además, pensábamos lanzar nuevo disco en noviembre, pero estamos viendo con nuestro mánager que quizás no tiene sentido. Probablemente lo dejaremos para 2021 porque 2020 lo damos casi por perdido”.

La administración pública debe ser la tabla de salvación.

Reducidas al mínimo las posibilidades privadas, no cabe duda de que los espectáculos en vivo dependen, más que nunca, del apoyo de  la administración pública. Es esta la que debe mantener (incluso aumentar) su oferta y apoyar a salas, teatros, entidades y compañías privadas. 

Tras unos primeros titubeos incomprensibles, el Ministerio de Cultura impulsó ayudas de diverso tipo, que tienen su  réplica en las comunidades autónomas y están siendo una tabla de salvación para quien puede acogerse a ellas. Muchos actores culturales han logrado beneficiarse, y así debe seguir siendo para no caer en la lona. Hablamos de la posibilidad de aplazamientos de pago, moratoria de hipotecas, financiación, ERTES… incluso la habitual convocatoria del INAEM para festivales y giras subvencionará este año, de manera extraordinaria, gastos de estructura. A este respecto, desde el Teatro de las Esquinas nos expresaban una preocupación que empieza a correr como la pólvora: “nos da más miedo el 2021, para el que intuimos un recorte presupuestario en cultura, que puede afectar también a las ayudas”.  

Señalamos dos puntos negros en la actuación de la administración pública:

El primero, la inacción a la hora de lanzar campañas de sensibilización para que se vuelvan a llenar los teatros y salas. Son necesarias cuanto antes y deben ir acompañadas de legislación y actuaciones que no criminalicen la actividad. A este respecto tiene gran valor simbólico lo que ocurrió el día de la música: no se entiende que el Ministerio de Cultura, cuando organizó aquellos conciertos online el veintiuno de junio, mostrara  patios de butacas vacíos cuando la normativa ya permitía  público en ellos (no mucho, pero estaba permitido). ¿Qué idea quedó en el subconsciente de quien visionaba? 

El segundo suspenso tiene bastante relación con el anterior: se envían mensajes equívocos sobre de la seguridad de la cultura.  Es incomprensible que durante varias de las fases previas a la “nueva normalidad” se permitiera más aforo en bares que en auditorios; también que se intentaran cancelar, o suspendieran directamente, conciertos al aire libre en los que se cumplían escrupulosamente todas las medidas de distanciamiento social exigidas. En Madrid, mientras el ocio nocturno permanecía abierto, la normativa dejaba a los parroquianos comer o beber en salas de música en directo, pero prohibía a los músicos subirse a los escenarios de las mismas; un sinsentido. Tampoco es de recibo que ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas se hayan “pasado la patata caliente” a la hora de decidir sobre la autorización de un espectáculo. Los profesionales detrás de un evento merecen claridad y rapidez por parte del aparato estatal. 

 

La mayoría de los teatros de España es de titularidad pública.

Profundizando en el mantenimiento y fomento de la programación pública, hay un dato que invita al optimismo: el 79% de los teatros de España es de titularidad pública –cifra extraída del MAPA Informatizado de Recintos escénicos (MIRE), de SGAE- . Es decir, ayuntamientos, comunidades autónomas y Estado Central, tienen en su poder la gran mayoría de los continentes culturales escénicos; una estructura que permitiría “sacar músculo” cuando más se necesita. María Antonia Torrejón, que fue durante 8 años coordinadora de Actividades Culturales del Área de las Artes del Ayuntamiento de Madrid, no duda: “es el momento de que la administración pública y sus programadores apuesten por la cultura. Deben  enviar un mensaje  claro y que solo tiene una dirección: programar, programar y programar. 

Cancelar no debe entrar en los planes de los técnicos de cultura, o como mucho, debe ser la solución final si los artistas no han podido viajar por culpa del virus. Sí, es posible que queden butacas vacías, pero es tiempo de estudiar otras opciones  como el streaming, o incluso de doblar funciones, como va a hacer, por ejemplo, el ayuntamiento de Boadilla del Monte.” Poco que objetar a este razonamiento, aunque como nos señalaba otro entrevistado, “el problema es que la decisión de seguir adelante con un acto, muchas veces está en manos de un político que ahora mismo no quiere asumir ningún tipo de responsabilidad, y prefiere  suspender a meterse en líos”. Más allá de este último condicionante, si los responsables públicos son valientes y mantienen fechas, podrían salvar sectores enteros en otoño. Por ejemplo la danza, cuyos circuitos principales de actuación son públicos (Red de Teatros de CCAA o  Programa Platea –que a día de hoy se mantienen-). 

Un aspecto más a destacar con respecto a la oferta de espectáculos en vivo: otoño será un período de pocos estrenos. Casi todas las funciones que podremos ver entre bambalinas  serán las que estaban previstas para primavera, que se han trasladado. Es una consecuencia lógica de de este tsunami mundial. Además, por razones obvias, se va a apostar por artistas nacionales (incluso estrictamente locales, como viene haciendo el Ayuntamiento de Burgos ya desde julio).

 

La importancia del público.

El elemento fundamental en cualquier espectáculo en vivo es el público. Se adoptarán mil y una medidas, pero caerán en saco roto sin preguntar lo que quieren hacer nuestros consumidores. Vivimos del público, esté sentado en una butaca o al otro lado de la pantalla. Conocer cuál será su manera de actuar debe ser prioritario.

Live Nation Entertainment ofrece esperanza, aunque referida a primavera y verano de 2021: dos tercios de las entradas compradas para festivales suspendidos que tendrán lugar, finalmente, el próximo verano, no se han devuelto. También ha vendido ya 19 millones de nuevos tiques para miles de conciertos que tendrán lugar el año que viene.

La empresa Shugoll Research presenta un interesante estudio de la intención del público en E.E.U.U tras la COVID19. Se ha realizado con una población muestral de mayores de 21 años que habían ido al teatro al menos dos veces en el último año. Lamentablemente no son datos demasiado halagüeños:

  • Solo un 36% de los encuestados asegura que volvería a visitar los teatros cuando vuelvan a abrir (recintos cerrados se entiende).
  • Un 63% indica que dejará pasar un periodo de uno o dos meses, “a ver qué pasa”, para regresar, mientras que un 29% afirma que transcurrirán seis meses, o más, hasta que retorne.
  • En mayores de 55 años –franja de edad principal de, por ejemplo, la música clásica- el porcentaje de los que esperarán seis meses, o más, para acudir al teatro, aumenta al 45%
  • Entre aquellos que el año previo habían disfrutado de teatro cuatro veces o más, las cifras mejoran, y un 48% traspasaría las puertas en cuanto se lo permitan.
  • Igualmente se refleja una evidente merma de ingresos entre los encuestados, que en mayor o menor medida han visto su situación laboral o salario afectados por el virus. Es un hecho que afectará a la cantidad que están dispuestos a pagar por disfrutar de un evento cultural en el futuro.

Más allá de encuestas, desde Fundación Caja de Burgos nos dicen que la venta de cara a final de año está parada. En Teatro de las Esquinas también, aunque hay que entender que habitualmente no se compra en el mes de agosto, con lo que esperan una reactivación a lo largo de septiembre. Si queremos ver el vaso medio lleno, la referencia es el Teatro Real de Madrid, con excelente respuesta del público en sus  funciones de La Traviata en julio. Nos invita a confiar.

La cultura es segura

Sin duda, los esfuerzos del verano han sido importantes y  no deben caer en saco roto. Ni un solo rebrote ha tenido lugar en un acto cultural. Este éxito debe ser clave en el trabajo para  recuperar a la audiencia; también autoriza a seguir exigiendo a la administración los apoyos necesarios. Eso sí, recordemos que la cultura no es segura por sí misma, sino a causa de las excelentes y muy profesionales organizaciones que han preparado los recintos para ello. Continuemos así.

El largo plazo.

Como hemos escrito al inicio de este artículo, sirve de poco hacer análisis a largo plazo, aunque lanzamos algunas reflexiones:

Queramos o no, vamos a estar condicionados por el descubrimiento y distribución masiva de una vacuna efectiva contra la SARS COVID. Hay opiniones expertas que sitúan este hecho en 2022, con lo que no parece recomendable pensar que las cosas volverán a la normalidad rápidamente. Preparémonos para una larga temporada de excepcionalidad. Si luego el milagro médico se acelera, bienvenido sea.

Es obvio que es momento de explorar otros formatos, como el streaming, que ha venido para quedarse. Tomorrowland, el macro festival de música electrónica belga, consiguió ciento setenta y cinco millones de usuarios únicos en su primera edición 100% on line. En otros géneros también hemos visto intentos innovadores, como el del Teatro de la Abadía, que casi desde el inicio del confinamiento lanzó espectáculos para disfrutar a través de la conocida plataforma de videoconferencias Zoom. Otros van más allá: Scenikus Streaming presenta un proyecto donde Leonardo Sbaraglia, Cecilia Roth o María Valverde conversan mediante mensajes de audio de Whatsapp, durante 14 días, con cada uno de los espectadores que compre su entrada.

Ojo, no estamos diciendo que el streaming y sus derivados nos ofrezcan la solución definitiva. En el sector musical lo que está demostrado es que es un tipo de emisión que pueden monetizar bien los músicos o festivales  mainstream (de masas), pero a los pequeños les cuesta muchísimo sacar dinero del online. Además,  emitir con calidad cuesta dinero y no está al alcance de todos los bolsillos. Es cierto, sin embargo, que cada vez aparecen más empresas “facilitadoras” de este modelo de comunicación pública, lo que apunta a una bajada de precios del servicio. Y hay otro aspecto preocupante: la distribución vía internet de contenidos culturales provoca que los precios de los mismos acaben bajando, hasta casi no valer nada… ¿Por qué habría de ser ahora diferente? 

Para terminar, ¿Estamos seguros de añorar la realidad pre coronavirus? Esta crisis ha puesto de manifiesto la precariedad intrínseca en el mundo de los espectáculos en vivo. No descubro nada nuevo: mucho pago en B, salarios bajos, ausencia de derechos laborales, desajustes entre amplia oferta y demanda escasa … De hecho, las 52 necesarias medidas expuestas al ministerio de cultura para afrontar las consecuencias de la COVID19, muestran el atraso del sector en muchos sentidos. ¿Sería viable aprovechar esta tremenda crisis para retornar en mejores condiciones? ¿Qué implicaría?

 

 

César Martín Martín – agosto y septiembre de 2020.

Gestor cultural. MBA en Empresas e Instituciones Culturales. Co-director del Festival DEMANDAFOLK.

Muchas gracias a todos los que compartieron sus experiencias profesionales, en estos duros momentos, para ayudarme  a escribir este artículo: Óscar Manuel Martínez, Raquel Anadón, Rubén de Miguel, Roberto Cubero, Domingo García y María Antonia Torrejón (esta última me puso, además, sobre la pista del elevado porcentaje de espacios teatrales que son de titularidad pública).